Olores que no recuerdo

Estoy en el auto y de pronto quiero recordar un olor, el de una muñeca que estaba en el estudio de mi abuela. Una nena con el cabello rojo y rizado, creo que tenía un sombrero y seguramente un vestido. Estaba guardada en un mueble de cristal. Sacarla era un arte. No recuerdo haber jugado con ella, sólo la olía. No quiero la muñeca, quiero recordar la esencia, quiero ver a mi abuela.

Mujeres

Me intrigan y me gustan las mujeres. Creo lo anterior porque soy inmune a ellas, no pueden herirme en la peor forma que conozco, el desamor. Así que puedo acercarme a verlas de cerca y a lo lejos. Me intrigan y me gustan porque siempre me pregunto si acaso algún día me veré como yo las veo a ellas, hermosas, inteligentes, cambiantes y estables; contundentes. Sólo las extrañas me producen esa fascinación, mis amigas son en las que me reflejo y por lo tanto no me evocan tal intriga. Las mujeres desconocidas, aquellas que me sorprenden por femeninas son las que me deslumbran porque dentro del remolino logran lo trivial. Se  pintan uñas, se ponen crema, huelen a perfume o a talco, si hace calor usan falda, visten telas ligeras, se ponen pulseras o collar, varias usan anillos. Todas están despeinadas por lo que va del día, se dejan libre el cabello. Sudan. Se pintan los ojos, se tatúan la espalda o usan tres piercing. Van comiendo una galleta por la calle.

Yo me siento ajena.

No me pinto las uñas, mis piernas se pegan entre ellas, no uso collares tampoco perfumes o talcos, apenas y me pinto la línea de los ojos y mi maquillaje es mi bloqueador de sol. Pero soy mujer.  ¿Qué es lo que nos vuelve ‘femeninas’?

¿Por qué veo ese ‘femenino’ en ellas y no en mí?

¿Cómo se resuelven?

Me gustan las mujeres porque me gusta imaginar que  ese torbellino a lo lejos, desde afuera, admirada por otros, también soy yo.

Taza roja

Tengo manías como no repetir aretes, zapatos y color de ropa, dos días seguidos.

Si uso anillos tienen que estar en equilibrio, es decir, en los mismos dedos en ambas manos.

La pluma azul hecha de botellas recicladas es un capricho post-maestría, entraré en crisis cuando la descontinúen.

Si me levanto muy temprano para escribir un ensayo o un texto que quiero salga lindo, tomo café en mi taza roja, las otras las uso para leer, trabajar de noche y disfrutar del domingo.

Esta taza llegó en momentos de tesis, trabajos y de no saber otro camino más que el de la biblioteca y si pudiera la llevaría conmigo a todos lados, pero no, porque siento que se le puede acabar su poder supersticioso de escribir claro y bonito.

taza roja

Vida en tren

De chica viajé y dormí una vez en un vagón de tren. No logro discernir el tiempo que duró el trayecto pero recuerdo haber cenado y dormido para despertar en lo que en ese entonces era la ciudad de la abuela.

Nunca más hasta la adolescencia me volví a subir a otro tren.

La segunda vez que puse un pie en un vagón lo hice en otro idioma y me equivoqué pero no representó nada grave más que haber subido una maleta el doble de pesada que yo a un vagón y a una hora equivocada. De chica tampoco frecuentaba los vagones del metro en los que normalmente se transporta buena parte de la adolescencia de las ciudades grandes.

Más bien, mi encuentro con los rieles se limitó desde un sofá a darle fin a la angustiosa vida de Anna Karenina, a ver cómo colgada de los tubos le salían estigmas a Patricia Arquette o a acordarme de cuando niña me estampé en la panza de un señor gordo en un vagón de metro por haberme soltado sin querer de la mano de la abuela.

Pero el salto cuántico lo di de adulta.

***

Mi amigo europeo no entiende por qué le tomo fotos a los rieles

-En México sólo hay autobuses

***

Cremona es una ciudad famosa en el mundo por dos cosas, la industria y la laudería; yo agregaría por su gente larga y blanca y demasiado bien vestida con mirada despectiva de Silvana Mangano.

Cremona es la ciudad donde nació Minna, Cremona es un pueblo a donde va la gente de distintas partes del mundo a aprender a hacer cellos y violines,  Cremona es la Italia norteña que no viene en los libros de idiomas y a la que tampoco le enseñaron a tratar con el turista.

Perderse entre trenes regionales y haberlos tomado todos a tiempo tiene su mérito.

El mérito de aceptar la vergüenza de equivocarse de país por tomar el tren equivocado también es digno de alabarse.

Uno no se gradúa en trenes sino hasta que insiste en preguntar con la lengua a maromas al controlador de boletos el destino final de un tren cachado a última hora tres veces seguidas.

-Friburgo, Alemania. Cierto? (X3)

-La señorita está nerviosa. Le respondió el croata que me llevó de la mano en inglés durante el trayecto de 30 minutos de Basel a Friburgo.

Pantalones blancos

-¿Estás loca?

-¿Ah?

-El cielo se cae y tú con pantalones blancos.

Sí esa soy yo, mientras mi hermana entra en crisis porque tuve la osadía de usar un color prohibido en temporada de lluvias. Corrección. En un verano que puede amanecer “soleado” y luego convertirse en un día de invierno para terminar con una imagen a lo “Jumanji” cuando están en el Amazonas.

Claro que sabía que se iba a caer el cielo, pero los pantalones estaban ahí, colgados, esperando a ser usados. Ya demasiado negro y jeans.

Creo que los pantalones sobrevivieron a las manchas de lodo, a la lluvia que a veces puede ser tóxica e incluso al café que tomé casi parada.

Pero no pasaron la mirada reprobatoria de mi hermana y de otras mujeres que seguro pensaron que no había visto el cielo. Miradas así, también suceden cuando alguien usa gafas en un lugar cerrado. Me declaro también culpable. Mis lentes de sol tienen aumento por lo que veo mejor, y a quien engaño, el misterio a lo Holly Golightly sienta de maravillas de vez en cuando.

Ahora pasadas las 12 de la noche y sin lluvia, pienso en los pantalones blancos que terminaron en el cesto de la ropa, ahí tirados. Debería volver a usarlos, esta vez con tacones y una blusa divina, darles su lugar, como forma de agradecimiento; pero uno de mis issues existenciales es que no repito color, jeans y menos aretes, dos días seguidos, no, no, no.

Así que escribo esto para agradecer a algo inerte pero con color.

Rojeidades de la mano

Me gusta más escribir con las uñas pintadas, de preferencia con un rojo llamado “pucker up”, así seduzco al teclado y el resultado puede ser tan beneficioso como una one night stand (crónicas para este blog) o una relación más larga (mi tesis de vestidos).

Pero tengo un problema, mis uñas de las manos son espantosas, parecen espátulas y crecen sin ton ni son. Y el dato curioso: no puedo con la lima, me molesta su ruido; pero si voy al manicure, lo soporto, respiro profundo y pienso en lo divina que me veré en la fiesta.

En cambio las uñas de mis pies son perfectas, en comparación con las que salen más a público, pueden durar semanas y se ven muy indecentes antes de entrar a la ducha, de puntillas porque el piso está frío.

(Chicos, cuando vean a una chica con lindas uñas, no está de mal hacérselo notar, a veces corre un poco de sangre y es un arte de malabarismo que el color dure.)

Mientras escribo esto, mis uñas están desnudas porque no sé si mis actividades lo merezcan y siempre pienso en lo que haré al tercer día de estar pintadas, que es cuando la desnudez decide resucitar, el color se descarapela y el look desarreglado “casual” de Kate Moss o Courtney Love, es un reto, entre el cabello sin preocupación y los pantalones de cuero que aún no encuentro.

Podré estar flaca como la Moss y cantar “Malibu” en el auto en un viernes de clásicos de Reactor, pero mis uñas siempre serán la falla de origen que si volviera a nacer pediría una mejora.

Ellas

Génova son dos.

Para llegar a ella se toma temprano el tren.

6:28 -9:58 am. Puntual.

8:15 el Regional desayuna: el de al lado una galleta, la de enfrente un pan baguette. Agua.

El vagón se apesta, suda y se complica aún más: comienzan los dialectos.

De inmediato uno se sabe en otra tierra. El puerto recibe a los visitantes con una brisa que sonríe mostrando otra Italia. La Italia Norte de mar, la bronceada, la “todavía hasta ahí es alegre”. Y en parte, así es.

El Liguria: belleza europea se presenta delante a los pies, el mar azul profundo se alcanza de inmediato. Las piedras la delatan: frialdad es en lo que uno se sumerge entre cuerpos tatuados y de espinosas bocas.

-Vámonos. Dice mi amiga. –Esta gente está muy tamarra.

Entonces te muestran La otra puerta. Y uno pasa sin saber bien a qué va.

-Vivo en un lugar muy representativo. En el centro histórico.

Hasta ahí, el turista es ingenuo. Y lo tercero que dice la amiga es:

-Ah y por cierto, en Génova no hay turistas.

Es verdad.

“Deep in the maze of the gritty old town, beauty and the beast sit side by side in streets that glimmer like a film noir movie set.”

Se lee en la guía que llevo y que decido ni siquiera mostrar.

Aunque de nombre generoso Genoa Puerta, aunque generosa entregó a Europa América, aunque generosa recibe con gran brisa, Génova es ola que te acoge, saborea y escupe.

O te mantiene medio vivo bajo un yugo de humedad malsana.

Edificios monstruosos. Modernos monstruosos. Voluptuosos cimientos de edificios monstruosos son punta de iceberg de la Génova que no se muestra en el libro. Pacientes construcciones que cuidan sus laberínticos corales; los filosos Vicoli por los que no entra el sol: estalagmitas que deshuesan barcos bajo un histórico mar.

I Vicoli, las callecitas donde viven las putas, los inmigrantes, los olores. Y la amiga.

Evidentemente no iba a hacerla de turista.

Iba a ver la cara de las dos Génovas y de las dos “Val”

-Val, conté cincuenta escalones hasta tu depa.

-¡Sí! Acá así es.

Dice la amiga entre apenada y contenta y feliz por al fin vernos; vive en un tercer piso.

“Val” “La Val” Valeria vino a Italia por segunda vez a estudiar periodismo pero en realidad canta en una banda de inmigrantes. La amiga que hace ilustraciones, transcripciones y cursos de dibujo acabó confesando a sus padres que no le interesa la Universidad.

Sin discusiones. Ella hace bien, le sienta bien y está contenta.

Me costó día y medio aceptar: la Valeria géminis, la Valeria dos Valerias, la Valeria que vino a estudiar, la que desertó y prefirió aprender a vivir. La Valeria segura y la Valeria insegura. La que escucha pero que con tanta palabra no escucha silencios. La Valeria al fin y al cabo, valiente. Las dos, con V.

Las dos Génovas, la rica, bien vestida y decente que se pasea en yates y actúa en la tele, la Génova pobre y prostituta que de día o de noche se mea en sus estrechísimos pasillos. A la voluptuosa o a la famélica no le importa que vestida o desnuda se le observe, se le ignore o se le tome fotos.

La Génova en la que de día es Nueva York es la misma en la que de noche desembarca más de África. La Génova de la gran gastronomía es la travesti que de su mano te da de comer, la Génova que viste de oro es la misma que mendiga menos de un euro.

Con Génova no se juega

porque es la puta más grande

la más rica

la que te engaña mejor

Sería el cántico de los que se les reconoce marineros por sus tatuajes borrosos y despiertan tirados en las calles en plena luz de día.

Al día siguiente cuando por fin te vas, desde el tren te despide sonriente con un beso, te guiña el ojo y le pagas aceptando que su sonrisa de mar del Norte te engañó, porque Génova Nunca será Suave y mucho menos, la linda mar del Sur.

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Personajes

Estudiar literatura italiana te hace ver personajes del país de la bota por doquier. Más si uno se vuelve admirador del periodista Pereira, del estudiante necio Monteiro Rossi, de la mujer de “Los zapatos rotos” o, ya bien entrados en lo más aceitoso de la italianidad, de Sofía Loren, antítesis de esa mujer que habla de sus zapatos durante la guerra. La Italia reservada y la Italia explosiva. Dos ideas polarizadas de lo que significa cohabitar con lo más latino del continente al otro lado del Atlántico y aún así, no lograr entenderlos. Siempre gritones y de voz semi aguda, dos tipos de italianos: Zapatos rojos, medias traslúcidas o bronceado perfecto, falda de vuelo corta blanca, blusa con motivos rojos y blancos, cabello sin lavar pero con peinado perfecto. Perfume, bolsa a juego. Gafas obscuras. Al frente un espresso, y chico. Al lado perrito y bolsas Gucci. Chica en flats, shorts rotos, blusa blanca de hace dos días, cabello despeinado mal recogido, mochila con libros y ropa del fin pasado. Forjando un cigarro delante de chico que mira su celular. Ambas, hermosas. Aplica igual para los hombres. -¿En dónde están las papas fritas? Grita uno en el supermercado frente a los lácteos. El niño Kinder: pantalón de lona azul, camisa de lino clara y modales de príncipe no existe más. El italiano de los noventas pareciera que ve en la desfachatez el futuro de la sofisticación por la que tanto se desfallecieron los mecenas renacentistas. Un hippi trasnochado en sus veintes que busca papas y cerveza en el súper. Los profesores, al igual que seguramente lo habría hecho Pereira, miran el jarrón romperse y dan sin remedio otra bocanada al cigarro. -El curso pasado me aventé a 150 estudiantes repitiéndome en voz alta argumentos sobre Amuleto y Los detectives salvajes. Dice una profesora en español ibérico cuando se entera que puede practicar con la interlocutora de cabello negro su lengua extranjera predilecta. (Quizás los chicos están así gracias a las novelas que les dan a leer) me pasa por la cabeza mientras acepto que me encantó Amuleto y detecto que comienzo a alucinar el temperamento de la región. En la reunión: dos Pereiras, una semi Sofía y dos aspirantes a Pereira y Natalia Ginzburg platican o parlotean o gritan entre un respetable itañol sobre literatura latinoamericana. Enredo de bromas, tomadas de pelo, argumentos verídicos, todo ensalzado con lo que uno imagina, racionalidad no deja de ser “drama interesante” para la visita que ensueña con llegar a casa y contactar con alguien al otro lado del Continente que comprenda su propio temperamento. Personajes 1      Personajes 2

#SundayRoutine

Casi el medio día y me vuelvo a recostar en el sofá, cafecito en mano, prendo el Ipad y primera parada El País, luego The New York Times y ahí me quedo más tiempo. Lo leo desde 2009, nuestra relación comenzó revisando el estado del tiempo y viendo los videos de Bill Cunningham, un fotógrafo de moda, de la calle y de fiestas, muy reconocible por su saco azul y su bicicleta.

El domingo pasado me llamó mucho la atención una fotografía de una señora acostada en su cama con su laptop y el título decía “#SundayRoutine”, no terminé de leer el artículo, pero… ¿por qué tener una rutina de domingo? Cuando es el día que no uso reloj, despierto a la hora que quiero, me baño y no me depilo, pero uso una crema para el cabello y un exfoliante en la cara, y lo más importante tomo dos tazas de café.

Y así como voy escribiendo esto, resulta que el domingo es mi día con más rutina que los otros. Levantarse tarde y hacer todo en cámara lenta. Incluso tengo outfits de domingo, un par de jeans, unas camisas enormes y unos bras que son lo más cómodo del planeta.

Incluso tengo la rutina de los periódicos y revistas que leo (ya tengo la nueva edición de Vogue pero la disfruto más en domingo), prefiero pintarme las uñas ese día porque lo puedo hacer con parsimonia y seguir con la monotonía de hacer nada.