Nos mudamos

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Englischer Garten

No olvidaré la música durante los paseos que dimos en su segunda patria.

De tres, de un concierto a hurtadillas, atrás del Englischer Garten éramos dos los que hurtábamos asomando la cara por entre las rejas de un ordenado y laberíntico perfecto jardín.

Que ese no era el Englischer Garten; pues a mí me lo pareció.

De noche, en jeroglíficos, con cansancio, todo aquello no podía ser otra cosa las piedras de río crujiendo bajo mis pies.

Llegué por primera vez a Munich creyendo que la música del parque eran los cd’s que de chica escuchaba frente a las barras en las que dejé todo el ballet que mi desgastada adolescencia resistió.

Rigidez que da soltura es perfección.

Todo lo alemán, está bien hecho.

Y sí, supongo que él, que se hizo en ese suelo también, a veces, lo es.

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Una chica deliziosa*

A su edad la podía acariciar sólo con contadas y escogidas palabras y

para su propio bien,

utilizó únicamente tres y hasta el final,

cuando se despidieron.

Con capricho de abuelo ignoró que la interlocutora comprendía la situación gracias a una generalizada piedad que comparte hacia la gente de edad avanzada, de esa a la que mejor se le piensa bajo un desconcertante “me da ternura”

La claridad cede el mando a quien observa.

La acidez de las reuniones se detuvo al descubrir en la languidez de las horas de las comidas la manera en la que un hombre, quizás de los años cuarentas, se relaciona con los que se sacuden de los hombros lo último de los inexpertos veintes.

Profesores marchitos,

irreparables

hombres

solos.

Lo que muchos se cuestionan como una amistad improbable, en ocasiones sirve de mirilla para comprender los pasos de los que comparten la edad con la de su propio padre.

Hombres respetables condensados en uno sólo:

diluir aspirina en vaso de agua por aquello de la densidad de la sangre

solicitar al mesero una luz especial para descifrar el menú

pedir ayuda para usar el celular con teclas demasiado pequeñas.

Para un viejo, la dulzura es la relación más simple y sincera con la que se puede relacionar con aquello que afortunadamente

ya no alcanza.

*dulce.

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W.E.

Nosotros es una palabra comprometedora.

La primera vez que uno la escucha en boca de otro y eso nos incluye en sus planes o vida, la tierra tiembla.

Wallis Simpson y el Rey Eduardo VIII encadenaron alegrías y desgracias en un  indisoluble W.E. y se arrastraron juntos hacia las dos direcciones que la palabra promete: amor y odio con todo y derivados.

W.E. (Sin posibilidad de huir)

Los locos del pueblo

Una vez conocí a dos locos de pueblo que se perseguían uno al otro con armas ficticias. Lo mejor vino cuando llegó la hora de la boda en medio de la Sierra, las luces de baile y la banda en las bocinas aturdían todo menos a los dos locos que corrían igual pero ahora con cerveza.

Se herían con chasquidos y sombras de manos que dibujaban disparos de vaqueros entre el frío, la fiesta y el cielo tupido de estrellas; se les veía cabalgar, se les veía estallar la risa en el vaho, los traicionaba el enojo y el desenfado de enredarse entre los invitados, tiraban sillas y desaparecían tras las casas reapareciendo sólo para seguirse hiriendo en una muerte eterna entre personas que celebraban.

Y ahí estaba yo, limpia, separada de todo, enfundada en unos jeans nuevos-intactos, color rosa pálido de pana, suéter de lana a rayas y una falta de ganas de estar ahí. Pero los locos me divertían en la típica postal del México rural del siglo antepasado. Observaba de lejos recargada en el coche y fumando nubes.

-Mira, sí es verdad que siempre hay dos locos de pueblo

Una “leve desviación” de carretera entre amigos se convirtió en tres días de boda celebrada en algún lugar de la Sierra Norte de Puebla. Ahuacatlán, donde “crece el aguacate” refresca con ese mismo fruto las bocas sudorosas de picor con el que cocinan el mole negro para la celebración de bodas, bautizos y demás fiestas importantes.

Los tres platos enteros de mole que comí, los acompañó de ley un aguacate de cáscara fina que hacía las veces de vaso de agua porque naturalmente agua no había.

Es para que te lo comas con todo y todo y sólo dejes el hueso- dijo uno de los sombrerudos que me vio tan callada porque yo, la invitada incomprendida no podía con que no hubiera algo que no picara en algún lugar de esa casa o del pueblo, ni tan poco concebía cómo y de qué modo tan inusual el uso de las cosas ahí, eran siempre otras.

Las tortillas de maíz negro eran cubierto y servilleta, las ropas enlodadas se usaban en el campo y en la boda, la cerveza fría o caliente era lo mismo que un vaso de agua, los totoles eran mascota o cena, los huapangos se tocaban, cantaban y bailaban en la sala, en la cocina, en el comedor o en el patio. Siempre, con la misma enjundia.

Esa ambigüedad que rehusaba poco a poco me fue envolviendo.

Con esos jeans rosas fui a la boda y fui al campo, bailé huapango en la sala y en la cocina, me los quité para nadar en el río, me los puse para huir del torrencial, me escondí en el gallinero, me los quité para tallarme mezcal en el cuerpo para no enfermar y me los volví a poner ya secos para calentarme con ese mismo alcohol.

Sin darme cuenta los locos me envolvieron, para el tercer día ya no quería irme de ahí.

ahuacatlán puebla

Llegar a casa

Para subirnos a un autobús basta levantar una pierna, la derecha o la izquierda y subir el pequeño peldaño que nos coloca dentro del transporte; con un poco de prisa depositamos una moneda en la mano del conductor, esperamos el cambio, escaneamos rápidamente el interior y detectamos un asiento y nos dirigimos hacia él. Para pasar tranquilos el trayecto nos colocamos los audífonos, volteamos por la ventana y nos arrullamos con pensamientos hasta bajar en nuestra parada.

Lo difícil es alcanzar al autobús, correr bajo la lluvia para alcanzarlo, evadir los charcos que nos llegan hasta los tobillos, soportar que los autos nos salpiquen el agua de las calles, que las bicis no nos atropellen. Lo trabajoso es que el metro llegue a tiempo para hacer la escala y que en el trabajo las horas pasen lo suficientemente largas como para que no nos importe el haber olvidado el paraguas y por fin estar fuera de la oficina aunque sea así, mojados, cansados y con hambre. La recompensa será un asiento libre en el autobús.

Estar sentados dentro de un autobús mientras afuera llueve y adentro está calientito, el saber que tarde o temprano llegaremos a cenar, a ponernos la piyama a meternos bajo las cobijas y a dormir es lo mejor que existe.

Lo peor es saber que por la lluvia el autobús se va a llenar a reventar, que tendremos que soportar las bolsas de las personas que van de pie en nuestra cara, que muchos confundirán nuestras manos sobre el tubo del asiento de enfrente, con el tubo del asiento de enfrente, y que tendremos que tocar sus manos que tocaron un “no sé qué” que nos llena de asco y que al racionalizar el pensamiento de odio sabemos que para el otro también nuestra mano le da asco y mejor la quitamos con cierto grado de arrepentimiento por sentir asco de haber tocado su mano por accidente.

Entonces nos levantamos con cuidado y abruptamente porque nuestra parada se acerca, esquivamos los cuerpos de los demás, sentimos sus ropas mojadas, nos despedimos del calor sucio que nos arrulló todos esos minutos de trayecto y nos recibe de nuevo el viento y la lluvia fría en el rostro. A veces así se llega a casa.

Roma tren

Mujeres

Me intrigan y me gustan las mujeres. Creo lo anterior porque soy inmune a ellas, no pueden herirme en la peor forma que conozco, el desamor. Así que puedo acercarme a verlas de cerca y a lo lejos. Me intrigan y me gustan porque siempre me pregunto si acaso algún día me veré como yo las veo a ellas, hermosas, inteligentes, cambiantes y estables; contundentes. Sólo las extrañas me producen esa fascinación, mis amigas son en las que me reflejo y por lo tanto no me evocan tal intriga. Las mujeres desconocidas, aquellas que me sorprenden por femeninas son las que me deslumbran porque dentro del remolino logran lo trivial. Se  pintan uñas, se ponen crema, huelen a perfume o a talco, si hace calor usan falda, visten telas ligeras, se ponen pulseras o collar, varias usan anillos. Todas están despeinadas por lo que va del día, se dejan libre el cabello. Sudan. Se pintan los ojos, se tatúan la espalda o usan tres piercing. Van comiendo una galleta por la calle.

Yo me siento ajena.

No me pinto las uñas, mis piernas se pegan entre ellas, no uso collares tampoco perfumes o talcos, apenas y me pinto la línea de los ojos y mi maquillaje es mi bloqueador de sol. Pero soy mujer.  ¿Qué es lo que nos vuelve ‘femeninas’?

¿Por qué veo ese ‘femenino’ en ellas y no en mí?

¿Cómo se resuelven?

Me gustan las mujeres porque me gusta imaginar que  ese torbellino a lo lejos, desde afuera, admirada por otros, también soy yo.

Vida en tren

De chica viajé y dormí una vez en un vagón de tren. No logro discernir el tiempo que duró el trayecto pero recuerdo haber cenado y dormido para despertar en lo que en ese entonces era la ciudad de la abuela.

Nunca más hasta la adolescencia me volví a subir a otro tren.

La segunda vez que puse un pie en un vagón lo hice en otro idioma y me equivoqué pero no representó nada grave más que haber subido una maleta el doble de pesada que yo a un vagón y a una hora equivocada. De chica tampoco frecuentaba los vagones del metro en los que normalmente se transporta buena parte de la adolescencia de las ciudades grandes.

Más bien, mi encuentro con los rieles se limitó desde un sofá a darle fin a la angustiosa vida de Anna Karenina, a ver cómo colgada de los tubos le salían estigmas a Patricia Arquette o a acordarme de cuando niña me estampé en la panza de un señor gordo en un vagón de metro por haberme soltado sin querer de la mano de la abuela.

Pero el salto cuántico lo di de adulta.

***

Mi amigo europeo no entiende por qué le tomo fotos a los rieles

-En México sólo hay autobuses

***

Cremona es una ciudad famosa en el mundo por dos cosas, la industria y la laudería; yo agregaría por su gente larga y blanca y demasiado bien vestida con mirada despectiva de Silvana Mangano.

Cremona es la ciudad donde nació Minna, Cremona es un pueblo a donde va la gente de distintas partes del mundo a aprender a hacer cellos y violines,  Cremona es la Italia norteña que no viene en los libros de idiomas y a la que tampoco le enseñaron a tratar con el turista.

Perderse entre trenes regionales y haberlos tomado todos a tiempo tiene su mérito.

El mérito de aceptar la vergüenza de equivocarse de país por tomar el tren equivocado también es digno de alabarse.

Uno no se gradúa en trenes sino hasta que insiste en preguntar con la lengua a maromas al controlador de boletos el destino final de un tren cachado a última hora tres veces seguidas.

-Friburgo, Alemania. Cierto? (X3)

-La señorita está nerviosa. Le respondió el croata que me llevó de la mano en inglés durante el trayecto de 30 minutos de Basel a Friburgo.

Ellas

Génova son dos.

Para llegar a ella se toma temprano el tren.

6:28 -9:58 am. Puntual.

8:15 el Regional desayuna: el de al lado una galleta, la de enfrente un pan baguette. Agua.

El vagón se apesta, suda y se complica aún más: comienzan los dialectos.

De inmediato uno se sabe en otra tierra. El puerto recibe a los visitantes con una brisa que sonríe mostrando otra Italia. La Italia Norte de mar, la bronceada, la “todavía hasta ahí es alegre”. Y en parte, así es.

El Liguria: belleza europea se presenta delante a los pies, el mar azul profundo se alcanza de inmediato. Las piedras la delatan: frialdad es en lo que uno se sumerge entre cuerpos tatuados y de espinosas bocas.

-Vámonos. Dice mi amiga. –Esta gente está muy tamarra.

Entonces te muestran La otra puerta. Y uno pasa sin saber bien a qué va.

-Vivo en un lugar muy representativo. En el centro histórico.

Hasta ahí, el turista es ingenuo. Y lo tercero que dice la amiga es:

-Ah y por cierto, en Génova no hay turistas.

Es verdad.

“Deep in the maze of the gritty old town, beauty and the beast sit side by side in streets that glimmer like a film noir movie set.”

Se lee en la guía que llevo y que decido ni siquiera mostrar.

Aunque de nombre generoso Genoa Puerta, aunque generosa entregó a Europa América, aunque generosa recibe con gran brisa, Génova es ola que te acoge, saborea y escupe.

O te mantiene medio vivo bajo un yugo de humedad malsana.

Edificios monstruosos. Modernos monstruosos. Voluptuosos cimientos de edificios monstruosos son punta de iceberg de la Génova que no se muestra en el libro. Pacientes construcciones que cuidan sus laberínticos corales; los filosos Vicoli por los que no entra el sol: estalagmitas que deshuesan barcos bajo un histórico mar.

I Vicoli, las callecitas donde viven las putas, los inmigrantes, los olores. Y la amiga.

Evidentemente no iba a hacerla de turista.

Iba a ver la cara de las dos Génovas y de las dos “Val”

-Val, conté cincuenta escalones hasta tu depa.

-¡Sí! Acá así es.

Dice la amiga entre apenada y contenta y feliz por al fin vernos; vive en un tercer piso.

“Val” “La Val” Valeria vino a Italia por segunda vez a estudiar periodismo pero en realidad canta en una banda de inmigrantes. La amiga que hace ilustraciones, transcripciones y cursos de dibujo acabó confesando a sus padres que no le interesa la Universidad.

Sin discusiones. Ella hace bien, le sienta bien y está contenta.

Me costó día y medio aceptar: la Valeria géminis, la Valeria dos Valerias, la Valeria que vino a estudiar, la que desertó y prefirió aprender a vivir. La Valeria segura y la Valeria insegura. La que escucha pero que con tanta palabra no escucha silencios. La Valeria al fin y al cabo, valiente. Las dos, con V.

Las dos Génovas, la rica, bien vestida y decente que se pasea en yates y actúa en la tele, la Génova pobre y prostituta que de día o de noche se mea en sus estrechísimos pasillos. A la voluptuosa o a la famélica no le importa que vestida o desnuda se le observe, se le ignore o se le tome fotos.

La Génova en la que de día es Nueva York es la misma en la que de noche desembarca más de África. La Génova de la gran gastronomía es la travesti que de su mano te da de comer, la Génova que viste de oro es la misma que mendiga menos de un euro.

Con Génova no se juega

porque es la puta más grande

la más rica

la que te engaña mejor

Sería el cántico de los que se les reconoce marineros por sus tatuajes borrosos y despiertan tirados en las calles en plena luz de día.

Al día siguiente cuando por fin te vas, desde el tren te despide sonriente con un beso, te guiña el ojo y le pagas aceptando que su sonrisa de mar del Norte te engañó, porque Génova Nunca será Suave y mucho menos, la linda mar del Sur.

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