Nos mudamos

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A.C.

1:50 pm, 35 grados, hambre post colegio, sólo quiero llegar al aire acondicionado, no el de mi casa, nunca lo tuvimos, sino el de la camioneta blanca de mi papá.

En mi familia hay constantes.

Los ojos de Ale, mi mamá y Gaby cantando t o d a s las canciones de principio a fin  y mi papá con el jeep (después) camioneta (ahora) auto blanco regresando del campo color terracería.

No es el polvo urbano de la autopista que lleva a Santa Fe o a Polanco, o el dejo de la lluvia ácida característica del D.F.,  es la tierra con piedras del campo que con una pizca de humedad se hace lodo y misteriosamente aparece en el volante o en la manija para bajar o subir el vidrio.

Me subo a unos escalones y trato de ubicar al único auto que fue al campo.

Y ahí está mi papá, con sus Ray Ban escuchando las noticias con las ventanas cerradas.

Corremos al auto, nos subimos. Esta vez le toca ir a Gaby adelante, yo me ubico estratégicamente al medio, me cruzo y sintonizo la dirección del aire acondicionado hacía mi.

Son veinte minutos antes del choque climático que tanta falta me hace.

La delicia de buscar, escoger y luego, comprar

-Dígame, ¿en qué la puedo ayudar?

-Busco un regalo.

-¿Qué le parece?- Dijo apuntado a uno entre el montón.

-Mmmm no.

-Mejor aquel.

-¿Quiere probárselo usted?

-No, no, no. Yo soy muy blanca y ella está bronceada.

Mil Gatos Ella se titula mañana y no puede andar por la vida sin un artefacto especial, de esos que el simple hecho de abrirlos implica un ritual, darles un espacio y adaptarse al objeto y no al revés.

-Mire, éste se ve divino y sienta bien.

La señora del local sin pensarlo dos veces hizo que probara el objeto en cuestión, y fueron tres segundos de una concentración y un sentir de piel chinita que sólo provoca el pastel de chocolate que prepara mi hermana.

-Para regalo por favor.

-Claro señorita.

Papel crepe, un listón blanco y una cajita.

-Muchas gracias.

-A usted.

De la tienda a mi auto sentí que volaba.

Cc Constanza.

Emma Recchi

Hay mujeres que saben usar una bolsa no sólo de diseñador, sino que lleva el nombre de una leyenda como la Birkin Bag, nombrada por Jane Birkin, quien necesitaba un objeto que le permitiera cargar con todo. Otras que saben peinarse, un moño francés o un buen cepillado y voilá! Y no faltan aquellas chicas que desde sus once años los viernes por la tarde una señora las visita y les hace el manicure y pedicure en la cocina.

Pero existen las que saben hacer todo eso y no por el papel que tienen que actuar dentro de una película italiana, sino porque ellas nacieron para dirigir banquetes, no para cocinar, ellas fueron educadas para afirmar o negar con la mirada y saber cómo hacer una entrada triunfal y no un fashion and be late, ellas se desmaquillan con Chanel.

Puede que no hayan heredado las perlas que la abuela compró en su último viaje a Mallorca, que usen el bisonte a escondidas de la sociedad porque ya no es políticamente correcto o que sueñen con entrar en el vestido de novia de sus madres a pesar de las fatales hombreras y nunca más vueltos a existir 58 centímetros de cintura “cuando tenía tu edad”.

A veces es el sonido de unos stilettos bien pisados, otras ocasiones es un perfume con un buen fijador y la mejor de todas es cuando sale un “querida” acompañado por una sonrisa.

Ellas son mujeres de mi casa, de la calle y de la tele.

De vez en cuando…yo también soy una de ellas.

Un perfume de Guerlain hecho polvo y humedad

Te miras, te criticas y te escondes. Cierras la puerta y respiras, ves alrededor y estás sola.

Vuelves a observar y hay objetos que conocen lo más profundo de la boca, los olores íntimos, las nuevas arrugas y las viejas estrías. Un espacio de prisas mañaneras, pero con noches que merecen un ritual. Un esmalte rojo, la enagua con encajes de la última visita a París, una calada más al cigarro y lista para aparentar que no hay dolor, sólo seducción.

Curiosear en lo ajeno es como espiar y revolver el lugar por el que se pasea —sin permiso— la mirada. Es un deambular de las manos entre cajones que seguro el tiempo les creó una maña segura en de caso que quisieran ser abiertos.

Hay espacios privados de ensueño, que merecen un ritual cada vez que se entra, como el vestidor con zapato-anillo de compromiso de Carrie Bradshaw del programa Sex and the City.

Paloma Picasso, a eso olía mi abuela, y al parecer todas las señoras de San Ángel que ahora tienen más de 80 años. Aquellas damas que bordean los casi cien, deben dejar su rastro de Shalimar de Guerlain, el mismo que usaba Frida Kahlo, sólo que el de ella tenía otros componentes: tabaco y hospital.

Para saber cómo fue alguien es necesario hurgar, meterse donde no es debido, en lugares donde la presencia no sólo se siente por el espacio en sí mismo, sino por el dejo de su olor entre hilos y telas.

Frida Kahlo midió 1.70, fue delgada, con senos redondos y firmes; también vistió de una forma en particular, llevó una moda, un estilo personal, el cual fue más allá del simple vestir, ya que trató de llevarnos a su sentir, a las emociones que la hicieron usar faldas, huipiles, batas o retazos de telas hechos a su parecer.

472 objetos fueron clausurados después de la muerte de Frida. En 2004, se decide abrir el baño con el secreto indumentario más preciado del sur de la Ciudad de México, en la Casa Azul de Coyoacán, también conocida como el Museo de Frida Kahlo.

Cruzar el marco de la puerta y respirar un aire atrapado de un búnker que escondía colores y blancos, tuvo que ser como entrar a los recovecos de lo más íntimo en el lugar más íntimo de una casa: el baño.

Aquél es una zona limpia donde sacas lo más sucio de ti, un espacio en el que sucede una metamorfosis con tan solo el contacto de tu cara con el agua.

Pero en el baño de la Casa Azul hace 10 años pasó un no sé qué, con las personas que entraron después de cincuenta años de encierro entre el polvo y la humedad.

Olores que no recuerdo

Estoy en el auto y de pronto quiero recordar un olor, el de una muñeca que estaba en el estudio de mi abuela. Una nena con el cabello rojo y rizado, creo que tenía un sombrero y seguramente un vestido. Estaba guardada en un mueble de cristal. Sacarla era un arte. No recuerdo haber jugado con ella, sólo la olía. No quiero la muñeca, quiero recordar la esencia, quiero ver a mi abuela.

Taza roja

Tengo manías como no repetir aretes, zapatos y color de ropa, dos días seguidos.

Si uso anillos tienen que estar en equilibrio, es decir, en los mismos dedos en ambas manos.

La pluma azul hecha de botellas recicladas es un capricho post-maestría, entraré en crisis cuando la descontinúen.

Si me levanto muy temprano para escribir un ensayo o un texto que quiero salga lindo, tomo café en mi taza roja, las otras las uso para leer, trabajar de noche y disfrutar del domingo.

Esta taza llegó en momentos de tesis, trabajos y de no saber otro camino más que el de la biblioteca y si pudiera la llevaría conmigo a todos lados, pero no, porque siento que se le puede acabar su poder supersticioso de escribir claro y bonito.

taza roja

Pantalones blancos

-¿Estás loca?

-¿Ah?

-El cielo se cae y tú con pantalones blancos.

Sí esa soy yo, mientras mi hermana entra en crisis porque tuve la osadía de usar un color prohibido en temporada de lluvias. Corrección. En un verano que puede amanecer “soleado” y luego convertirse en un día de invierno para terminar con una imagen a lo “Jumanji” cuando están en el Amazonas.

Claro que sabía que se iba a caer el cielo, pero los pantalones estaban ahí, colgados, esperando a ser usados. Ya demasiado negro y jeans.

Creo que los pantalones sobrevivieron a las manchas de lodo, a la lluvia que a veces puede ser tóxica e incluso al café que tomé casi parada.

Pero no pasaron la mirada reprobatoria de mi hermana y de otras mujeres que seguro pensaron que no había visto el cielo. Miradas así, también suceden cuando alguien usa gafas en un lugar cerrado. Me declaro también culpable. Mis lentes de sol tienen aumento por lo que veo mejor, y a quien engaño, el misterio a lo Holly Golightly sienta de maravillas de vez en cuando.

Ahora pasadas las 12 de la noche y sin lluvia, pienso en los pantalones blancos que terminaron en el cesto de la ropa, ahí tirados. Debería volver a usarlos, esta vez con tacones y una blusa divina, darles su lugar, como forma de agradecimiento; pero uno de mis issues existenciales es que no repito color, jeans y menos aretes, dos días seguidos, no, no, no.

Así que escribo esto para agradecer a algo inerte pero con color.

Rojeidades de la mano

Me gusta más escribir con las uñas pintadas, de preferencia con un rojo llamado “pucker up”, así seduzco al teclado y el resultado puede ser tan beneficioso como una one night stand (crónicas para este blog) o una relación más larga (mi tesis de vestidos).

Pero tengo un problema, mis uñas de las manos son espantosas, parecen espátulas y crecen sin ton ni son. Y el dato curioso: no puedo con la lima, me molesta su ruido; pero si voy al manicure, lo soporto, respiro profundo y pienso en lo divina que me veré en la fiesta.

En cambio las uñas de mis pies son perfectas, en comparación con las que salen más a público, pueden durar semanas y se ven muy indecentes antes de entrar a la ducha, de puntillas porque el piso está frío.

(Chicos, cuando vean a una chica con lindas uñas, no está de mal hacérselo notar, a veces corre un poco de sangre y es un arte de malabarismo que el color dure.)

Mientras escribo esto, mis uñas están desnudas porque no sé si mis actividades lo merezcan y siempre pienso en lo que haré al tercer día de estar pintadas, que es cuando la desnudez decide resucitar, el color se descarapela y el look desarreglado “casual” de Kate Moss o Courtney Love, es un reto, entre el cabello sin preocupación y los pantalones de cuero que aún no encuentro.

Podré estar flaca como la Moss y cantar “Malibu” en el auto en un viernes de clásicos de Reactor, pero mis uñas siempre serán la falla de origen que si volviera a nacer pediría una mejora.

#SundayRoutine

Casi el medio día y me vuelvo a recostar en el sofá, cafecito en mano, prendo el Ipad y primera parada El País, luego The New York Times y ahí me quedo más tiempo. Lo leo desde 2009, nuestra relación comenzó revisando el estado del tiempo y viendo los videos de Bill Cunningham, un fotógrafo de moda, de la calle y de fiestas, muy reconocible por su saco azul y su bicicleta.

El domingo pasado me llamó mucho la atención una fotografía de una señora acostada en su cama con su laptop y el título decía “#SundayRoutine”, no terminé de leer el artículo, pero… ¿por qué tener una rutina de domingo? Cuando es el día que no uso reloj, despierto a la hora que quiero, me baño y no me depilo, pero uso una crema para el cabello y un exfoliante en la cara, y lo más importante tomo dos tazas de café.

Y así como voy escribiendo esto, resulta que el domingo es mi día con más rutina que los otros. Levantarse tarde y hacer todo en cámara lenta. Incluso tengo outfits de domingo, un par de jeans, unas camisas enormes y unos bras que son lo más cómodo del planeta.

Incluso tengo la rutina de los periódicos y revistas que leo (ya tengo la nueva edición de Vogue pero la disfruto más en domingo), prefiero pintarme las uñas ese día porque lo puedo hacer con parsimonia y seguir con la monotonía de hacer nada.