A.C.

1:50 pm, 35 grados, hambre post colegio, sólo quiero llegar al aire acondicionado, no el de mi casa, nunca lo tuvimos, sino el de la camioneta blanca de mi papá.

En mi familia hay constantes.

Los ojos de Ale, mi mamá y Gaby cantando t o d a s las canciones de principio a fin  y mi papá con el jeep (después) camioneta (ahora) auto blanco regresando del campo color terracería.

No es el polvo urbano de la autopista que lleva a Santa Fe o a Polanco, o el dejo de la lluvia ácida característica del D.F.,  es la tierra con piedras del campo que con una pizca de humedad se hace lodo y misteriosamente aparece en el volante o en la manija para bajar o subir el vidrio.

Me subo a unos escalones y trato de ubicar al único auto que fue al campo.

Y ahí está mi papá, con sus Ray Ban escuchando las noticias con las ventanas cerradas.

Corremos al auto, nos subimos. Esta vez le toca ir a Gaby adelante, yo me ubico estratégicamente al medio, me cruzo y sintonizo la dirección del aire acondicionado hacía mi.

Son veinte minutos antes del choque climático que tanta falta me hace.

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