Una chica deliziosa*

A su edad la podía acariciar sólo con contadas y escogidas palabras y

para su propio bien,

utilizó únicamente tres y hasta el final,

cuando se despidieron.

Con capricho de abuelo ignoró que la interlocutora comprendía la situación gracias a una generalizada piedad que comparte hacia la gente de edad avanzada, de esa a la que mejor se le piensa bajo un desconcertante “me da ternura”

La claridad cede el mando a quien observa.

La acidez de las reuniones se detuvo al descubrir en la languidez de las horas de las comidas la manera en la que un hombre, quizás de los años cuarentas, se relaciona con los que se sacuden de los hombros lo último de los inexpertos veintes.

Profesores marchitos,

irreparables

hombres

solos.

Lo que muchos se cuestionan como una amistad improbable, en ocasiones sirve de mirilla para comprender los pasos de los que comparten la edad con la de su propio padre.

Hombres respetables condensados en uno sólo:

diluir aspirina en vaso de agua por aquello de la densidad de la sangre

solicitar al mesero una luz especial para descifrar el menú

pedir ayuda para usar el celular con teclas demasiado pequeñas.

Para un viejo, la dulzura es la relación más simple y sincera con la que se puede relacionar con aquello que afortunadamente

ya no alcanza.

*dulce.

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