Eclipse infantil

La primera palabra que escribí de manera consciente fue el nombre de una prima. Después de escribir su nombre, a esa prima nunca la volví a ver, solamente permanece en mi recuerdo el rostro de una niña regordeta y mucho más grande que yo que no entendía mis juegos ni yo los suyos.

Aprendía lento. Las letras, los números, excepto los colores y la música, eran la angustia que me sobrevolaba por toda la escuela. Así que esa mañana de las vacaciones de verano, después de haber pasado todo un ciclo escolar sin entender por qué unir las letras si “así solitas se veían bien” adquirió sentido para toda la vida.

A-d-a. En minúsculas y en cursivas. La segunda palabra que escribí fue lo mismo, pero ahora con la A mayúscula.

(…) come quando si impara a leggere: rimani chino per anni su quegli incomprensibili scarabochi, finché un bel giorno i caratteri sembrano cambiare di colpo davanti ai tuoi occhi e acquistano un significato. /. La rilegatrice dei libri proibiti di Belinda Starling

Como aprender otro idioma los caracteres adquirieron un significado.

Era el verano del 91.

eclipse 1

***

Mi abuela y yo veíamos los tutoriales que pasaban en la tele para construir de manera casera las gafas y poder ver el cielo durante los minutos que durara lo que prometía ser el acontecimiento astronómico del país, el eclipse solar se vería en todo su esplendor en la Ciudad de México.

Se haría de noche en pleno día. Una noche compacta, fugaz, el temor de ir a la cama apenas visto con el filo del ojo.

“¿Me tengo que ir a acostar?” era la pregunta más seria que me pasaba por la mente.

A los seis años escuchar a los perros aullar, ver la ciudad encender las luces en pleno silencio y a los vecinos en el techo reunidos sin discutir y hablando cordialmente entre ellos, era todo un suceso.

-Ponte los lentes porque sino te vas a quedar ciega- dijo mi abuela mientras me acercaba las gafas de cartón.

Durante los demás años que duró mi infancia, atribuía mi pésima vista a los pocos minutos que duró esa noche por haber visto al cielo sin aquellas ridículas gafas puestas sobre la nariz.

También creía que un día amanecería viendo bien y creía en las historias de un niño del salón que haciendo unos simples ejercicios de vista había recuperado al cien por ciento la visión. Una mañana también creí que había amanecido con la vista correcta cuando en cambio había olvidado quitarme la noche anterior los lentes de contacto, era la primera vez que dejaba de usar las gafas.

Aprender a escribir, usar lentes por ver mal y el eclipse, fueron acontecimientos en mi vida. Podría decirse, pilares.

Juntar tres letras en lo que iba de ese verano me dejó dilucidar lo atrasada que iba de mis compañeros. Encontrar respuesta a lo mal que me iba en la escuela hasta quinto de primaria se debía a mi pésima visión y el eclipse me dio pie a entablar conversaciones con desconocidos. Relacionar las tres cosas a la edad de los once años deja un mal sabor de boca pero conforme pasa el tiempo y relacionas esas tres variables, te hace comprender que a algunos nos toma tiempo aprehender lo que sucede alrededor y que “eso” también está bien. Entonces envalentonada para cortar los silencios que delataban la incomodidad de la hija única me acercaba a los amigos de mi madre y a los niños de mi edad y cuando ya había algo de confianza soltaba la frase:

-“Y tú qué hacías cuando el eclipse del 91?”-

eclipse 2

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