Now you may kiss the groom

boda sumin

El sábado pasado viajé a Boston a una boda de una gran amiga, Sumin, quien fue mi romie cuando estuvimos de intercambio en la New York University.

Ella es de Korea, y Mikkel, el novio, es de Dinamarca. Se conocieron en el intercambio, y para ser más exactos, eran vecinos separados por un pasillo. Prometieron charlar por Skype, viajar a sus ciudades y por qué no estudiar juntos un posgrado, casual, en Harvard. Estoy segura que en un par de años serán doctores muy exitosos y probablemente tendrán hijos que hablarán tres idiomas y escribirán en alfabetos diferentes entre sí.

Para la boda llevé dos vestidos, uno que ya había usado en otra boda, pero que habían pocos rastros digitales en las redes, y otro rojo, que me rehusaba a usarlo porque se arrugaba y estaba corto. Al final, Isa, otra amiga del programa de intercambio, me convenció por el rojo. Invertí un par de dólares para que lo plancharan y otros para que me peinaran. El resultado fue divino y la ausencia de tela no la extrañé.

Un chardonnay por acá, otro por allá.

No fueron los tacones los que hicieron que estuviera derechita toda la fiesta, fue meter mi inexistente panza todo el tiempo para que no rozara con la tela y no hubieran huellas de la humedad del jardín botánico donde se llevó a cabo la celebración.

Bailé muy poco, costumbre gringa.

Tomé a gusto, gracias Uber.

Y disfruté ser la chica de rojo.

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